La ola nostálgica que sacude la cultura popular hace que cualquier tiempo pasado sea mejor y los que vivimos esa época la recordamos a nuestro modo.

Todo era mejor. La luz del sol era más limpia y calentaba lo justo. Llovía en otoño y el camino al colegio se llenaba de charcos que nuestros progenitores se empeñaban en que evitáramos. La Navidad era mágica. Mágica.

Los series de animación eran frescas, divertidas y nos mantenían pegados al televisor que ni Super Glue podía competir en eficacia.

En esos años, golpeaban fuerte los discípulos del fullet Tortuga, los protectores de Atenea y la mejor selección de futbol que jamás tuviera Japón. Pero había más, muchas más.

Ultramarine-página-1-©-2017-Faye-Monsterswaltz

Una de estas series era Dr. Slump, hermana de los sayajines, heredera del humor absurdo del maestro Toriyama que nos contaba las aventuras de Arale, una juvenil y alocada robot, y de su creador, el, ligeramente necesitado de amor carnal, susodicho doctor Slump. El escenario en el que se desarrollaban los divertidos episodios, la vila del Pingüí, no era menos loco y estrambótico. Como si de la versión japonesa de los Simpsons se tratara, ante nuestros asombrados ojos se desplegaba un elenco de personajes cada uno más antológico que el anterior, empezando por la profesora del pueblo, la senyoreta Yamabuki, el cuerpo de policía, el trasunto de Superman que comía ciruelas para poder desarrollar sus poderes o el archienemigo del doctor Slump, el doctor Mashirito.

Vista hoy, la serie ha envejecido muy bien, sigue siendo fresca, descarada y su dibujo continúa manteniendo el encanto que perdió su hermana al pasar a la temporada Z. Lo voy a escribir: Dr. Slump es la mejor serie de Toriyama.

Sin duda, te preguntarás que a qué viene esta visita al baúl de los recuerdos ochenteros y noventeros. Muy sencillo: al leerlo, Ultramarine de Faye me agarró del cogote y me transportó a mi primera decena. Así, sin más.

El argumento de Ultramarine es sencillo: una adolescente construye con trastos desechados una robot completamente funcional y desde el momento en que cobra vida, Ultramarine y Xune, que así se llama la adolescente, viven un día a día algo peculiar.

Más allá de una premisa, ligeramente parecida al Dr. Slump, lo que destaca es que Ultramarine está salpimentada de ese humor bobo, inocente y descarado que impregnaba la obra de Toriyama. Te deja el mismo buen sabor en la boca, pero… no calma tu hambre.

La base es brutal: el cuidado dibujo de Faye, agradable, bonito y picarón, acompaña a unos diálogos funcionales que retratan a los personajes. Sin embargo, no hay espacio para desarrollar a las protagonistas y mucho menos a los secundarios (alguno asoma la nariz por ahí). Las escasas 50 páginas de las que consta este tomo, se quedan cortas para el fascinante mundo que se intuye y el regusto agridulce que permanece en la memoria es más por la frustración de no ver respondidas las preguntas que se formulan durante la lectura que por la calidad de la misma.

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En estos tiempos de pielesfinas y ofendidos profesionales, es cuando más se necesita la sinvergonzonería, la irreverencia y la picardía que se respiran en Ultramarine. La misma que nos hacía reír con el doctor Slump tratando de seducir torpemente a su amor platónico, la senyoreta Yamabuki o con un niño con cola descubriendo que las niñas existían, tras pasar toda su vida apartado del mundo civilizado.

Porque no hay nada mejor para retratar una sociedad que una robot respondona y su creadora necesitamos más Ultramarine.

Y a quien no le guste, como antaño, que no lea.

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