Tara tenía resaca. Una música horrible sonaba a través de las paredes. Se levantó de la cama y perdió el equilibrio, casi se estampa contra la mesita. La noche debió ser peor de lo que recordaba. Fue a la cocina, la radio vomitaba música estridente. Frente a ella, hizo un gesto rápido hacia abajo con la mano y la apagó. La pila de platos llena, restos de pulpo de la cena en el suelo, vasos sucios por toda la encimera… Cerró los ojos y pensó que no era el momento. Respiró hondo, realizó varios movimientos en el aire… y, ¡solucionado! La cocina estaba impoluta. Era domingo y llegaba la hora de ir a ver a sus padres.

Le encantaba el traqueteo del tren, sentir aquella vibración por todo el cuerpo. Muchas veces incluso se excitaba, sobre todo cuando se abstraía, y más de una vez acababa en el baño del vagón amándose en soledad. Aquel día la resaca le dio un orgasmo insulso. Cuando hubo terminado, su reflejo en el espejo la volvió a excitar. Esta vez activó el simulador y los afrodisiacos desde su móvil para viajar a un edén lascivo abundante en tentáculos.

«Maldito subconsciente», pensó ya sentada en el vagón, riéndose sola. «¿Tentáculos? ¿En serio?», prefirió dejar de darle vueltas.

Viajaba a través de la monótona colmena de cemento y neón que era su ciudad y, aburrida, se puso a curiosear en el móvil. En las noticias solo había desgracias y en las redes sociales, egocéntricos y vendemotos. Muchas veces, Tara se sentía decepcionada por la evolución de las nuevas tecnologías, por cómo había progresado la sociedad, en general. ¿Cómo era la frase de aquel astronauta? «Me prometieron mochilas propulsoras y me han dado redes sociales y precarización de la clase media». Algo así. Odiaba todo eso: cotillear vidas de extraños, los concursos de popularidad, el aquelarre de sensibleros, lloricas, susceptibles, amargados e ingeniosos en que se había convertido la red del pajarito… pero, a pesar de eso, siempre estaba al día, perdiendo el tiempo y detestándose por ello.

El tren llegó al Puente. Partía en dos el mar. Una línea blanca infinita, pura abstracción, que dividía la existencia en mitades iguales hasta que se divisaba el Campo de aire. Era un proyecto en el que habían participado más de cuarenta países; una gran infraestructura en la que centenares de centrifugadoras —o eso era lo que había entendido Tara— tenían como misión principal regenerar la capa de ozono.

Tara no entendía el funcionamiento de aquellas centrifugadoras, pero casi todo el mundo estaba de acuerdo en que eran buenas para la supervivencia de la humanidad. Siempre que las veía —casi cada domingo— pensaba en aquella ley que decía, más o menos, que por muchos capítulos de Star Trek que hubieras visto, cualquier tecnología lo suficientemente avanzada era indistinguible de la magia.

Llegó al pueblo de sus padres con la desazón de no entender cómo funcionaban la mayoría de cosas que había a su alrededor. Empezando por sí misma, ni siquiera entendía la tecnología que podía hacer que ella, una persona en coma, pudiese experimentar de manera tan auténtica lo que era vivir. Podía ver, oler, sufrir una resaca, tener un orgasmo y simular un viaje a casa de sus padres. Se dijo que la tecnología había traído cosas terribles, pero también la imprenta, la lavadora y la digitalización del alma. Anduvo hacia la casa de su infancia mientras borraba de su historial de búsqueda toda referencia a pulpos y tentáculos.

Esta obra está registrada y sus derechos pertenecen a Héctor Rubio.

Ha sido escrita expresamente para el concurso relatos de ciencia ficción convocado por Zenda en 2018.

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Pulpo a la parrilla –
CC by-nc-nd 4.0 –
Héctor Rubio Baos

La imagen de cabecera pertenece al usuario de Reshot.com, Daenyssa.

Es de uso y manipulación digital libre.

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